Goytisolo

Biografia

 

 

por Asun Carandell

Yo conocí a José Agustín, cuando él tenía 16 años y yo 13, en una procesión de Corpus Cristi del colegio de los Hermanos de la Salle, en Barcelona. Él iba andando con una vela encendida al lado de mi hermano; al pasar por donde yo estaba le dijo "Mira, Luis, que niña tan mona" y mi hermano le contestó "Es mi hermana, es tonta" Ellos dos ya habían congeniado: se escabullían de lo que no les gustaba, reconocían a los buenos profesores, leían apasionadamente el Quijote y se escribían cartas imitándolo. Goyti, le llamábamos, iba mucho a jugar a fútbol en el patio de mi casa. Yo, cuando venían los chicos, me metía en mi cuarto, a no ser que estuviera con la profesora de piano o de alemán. José Agustín siempre me miraba o bajaba la cabeza cuando yo aparecía. Los domingos ensayábamos alguna obra de teatro, dirigidos por mi madre, en un escenario que había en casa que tenía hasta una máquina de simular un vendaval.

Los Goytisolo Gay pertenecían a la burguesía barcelonesa. Antes de la guerra el padre, José María, ejercía su carrera de químico y la madre, Julia, cuidaba de Marta, Pepito, Juan y Luis. Durante la primera infancia de Pepito, José Agustín, su padre le hizo sentir como un intruso porque no podía olvidar a su hijo Antonio que había muerto. Cuando el niño ya iba al colegio, don Pepe le firmaba las notas sin mirarlas. Esto desesperaba a José Agustín, que seguía estudiando para conseguir las alabanzas de su padre. Y así vivió con la felicidad relativa que la poca aceptación del padre suponía, pero con una posición muy desahogada: veraneos en la playa de Llançà, en el Pirineo, prestigio social de la familia... Además era muy querido y defendido por la madre, mucho más joven que su marido, culta, espontánea y cariñosa. Este pequeño reino afortunado se fue disolviendo cuando llegó la Guerra Civil: el padre en la cárcel, luego muy enfermo y la terrible desgracia de la muerte de la madre, en un bombardeo. Cuatro niños desolados, desorientados y el padre en la cama y con una fuerte depresión. José Agustín acusó mucho la pérdida de la madre, de su defensora, la tuvo presente toda la vida en su poesía y siguió buscando siempre la aquiescencia de su padre, o de un buen jefe, a quien ofrecer su trabajo; pero no lo consiguió.

Después de la guerra, retador, vital y temerario, iba en bicicleta como un relámpago, gastaba bromas, pesadas a veces, era imaginativo, miedoso, juguetón y zalamero. Era muy popular entre la gente del barrio con cuyos chicos, de toda la escala social, jugaba a fútbol apasionadamente en los campos de barrio barceloneses. Y, como él decía, empezaba a ser un "nuevo pobre".

Luego la Universidad: Derecho, Profesorado Mercantil, y casi Ciencias Políticas. Todo empezado en Barcelona y terminado en Madrid en donde tuvo muchos amigos españoles y latinoamericanos, que luego fueron escritores, políticos, profesionales, y que también residían en el Colegio Mayor Nuestra Señora de Guadalupe. En Barcelona ya había conectado con Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma y otros. Leían mucho, se interesaban por la poesía y empezaban a escribir. Además eran conscientes de las injusticias que el régimen franquista seguía cometiendo: penas de muerte, palizas en las cárceles, represión, amenazas, hambre. Ellos eran acusadores pero no tenían nada de lo que hacerse perdonar, eran curiosos, alegres y provocadores. Durante toda su vida, José Agustín conectó a los escritores de Barcelona con los del resto de las ciudades de España y de Latinoamérica que visitaba. Relacionaba a los amigos siempre que tenía ocasión, recomendaba publicar libros, apoyaba propuestas que le convencían. Tenía algunos proyectos que no llegó a realizar.

Conocí al grupo de Barcelona cuando empecé a salir con José Agustín, al poco de que él llegara de Mahon, de las milicias universitarias. Los sábados iba a verme a Reus en un Renault 4/4 que le había tocado al darse de alta en el Colegio de Abogados, y para el que luego, a veces, no teníamos dinero para gasolina. Durante la semana trabajaba en una empresa constructora. En mi casa nos leyó un día el manuscrito de El retorno, a mi hermano José María y a mí.

Nos casamos en septiembre de 1955 y fuimos a vivir a la calle Balmes 349, a un piso minúsculo en el que había diseñado hasta los muebles, que aún conservamos. Allí escribió Salmos al Viento, casi todo en la cama. El 20 de julio nació nuestra única hija, Julia, y se llamó así por su abuela; por ser ese uno de los nombres de Barcelona; por nacer en julio y por venir de cesárea, como Julio César.

José Agustín dejó el trabajo y montó, con un lampista y un electricista, una pequeña empresa de instalación de agua gas y electricidad, en edificios en construcción. Era en 1956 pero inscribió en el Seguro obligatorio a los pocos operarios que tenían, a pesar de que entonces casi nadie lo hacía. Luego pasó a una editorial, con José María Castellet, y por fin a un taller de arquitectura y urbanismo. Cuando dejó este último trabajo se ocupó de una urbanización, de reconstruir casas de pueblo y de arreglar algún piso familiar. Además viajaba bastante a Italia, a Hispanoamérica y a la Unión Soviética, dando lecturas, como miembro de algún jurado o invitado por alguna universidad. Esther Tusquets, en Lumen, le publicaba cada nuevo libro.

Escribir poesía fue siempre lo que más le interesó. Le ocupaba poco tiempo pero estaba siempre en su pensamiento y cualquier experiencia vital o social era incorporada a su obra. Traducir del italiano, y muy especialmente del catalán, fue un trabajo minucioso que quiso emprender, convencido de la gran importancia de la poesía de estos dos países. En el caso del catalán su preocupación era cómo divulgar por Hispanoamérica libros y nombres de los poetas catalanes conocidos y admirados por él.

José Agustín fue un líder clarividente, pero poco diplomático. Veía las cosas antes que nadie y eso le acarreaba problemas. No podía ser político porque le desesperaba la lentitud con que se resolvían los asuntos al tener que negociar, o dar un exceso de explicaciones, cuando él creía que eran de necesidad perentoria. Tampoco entendía qué algo conveniente tuviera que estar detenido por culpa de unos pasos burocráticos. Él era muy operativo y de una gran imaginación dirigida a un objetivo, pero a veces entraba en ciertos ambientes como un caballo en una cristalería.

Los intereses de José Agustín fueron cambiando con la llegada de la democracia. Hubo que matizar mucho más, llegaron nuevas ideas algunas de las cuales él ya había anunciado. Defendió las lenguas minoritarias como un tesoro amenazado por lenguas más dominantes, y no por ello menos valiosas. Defendió la independencia de ideas y costumbres de las mujeres, porque consideraba que la parte femenina de la humanidad era la salvación de ésta. Apoyó el despegue de pueblos o sociedades pequeñas, olvidadas o débiles; los proyectos progresistas...

Y para terminar, deseo agradecer, en representación de mi familia, el gran esfuerzo que ha supuesto la constitución de esta Cátedra y el acierto de que sea Carmen Riera, gran amiga de José Agustín, así como conocedora de su obra, la que ostente la dirección. No olvidaré tampoco la acogida que los documentos de él han tenido en esta biblioteca y el haber conocido a personas luchadoras, que creen en la cultura y saben transmitirla.

José Agustín era, como decía Paco Ibáñez, triste para él y alegre para los demás, nos enseñó muchas cosas con y sin palabras y dejó, a quien quisiera seguirla, la llama ardiendo de su poesía.